La noche de los muertos vivientes.

Todo estaba preparado para la noche más terrorífica del año. Sin duda para Miguel era su noche favorita y esa noche no iba a ser menos. Ya tenía su bote de dulces preparado y su disfraz enfundado listo para repartir caramelos a los miles de niños que pasaban por su establecimiento pidiendo su calaverita disfrazados de sus personajes favoritos.

Todo indicaba que iba a ser una noche normal y que seguramente terminaría los dulces antes de cerrar la persiana de su negocio.

Los niños iban entrando disfrazados y con ojos llenos de vida y sonrisas en sus labios. Zombies, brujitas, payasos, superheroes, asesinos en serie…

Miguel los asustaba con su voz de ultratumba y su disfraz de Hannibal Lecter. Uno a uno, iban pasando y salían corriendo felices con sus caramelos.

Ante Miguel llegaron dos niños muy delgados con ropa raída, la cara sucia, zapatos rotos y el pelo revuelto. Sus mirada estaba vacía y sus sonrisas apenas se dibujaban en sus rostros.

“Bonitos disfraces, ¿sois zombies?”

Los dos niños se miraron y extendieron una bolsa de plástico para que les metiese un dulce.

“Sino me decís no hay dulces” dijo Miguel sonriendoles de forma picarona.

Los dos bajaron la mirada y uno de ellos susurro algo que Miguel no pudo entender.

“¿Puedes decirlo más alto? No te escuché.

Miguel les sonrió y esperó la respuesta.

“No vamos disfrazados, no tenemos para disfraz”

Las lágrimas de sus ojos corroboraban su respuesta. Por un momento el corazón se le paralizó. Observó a los dos pequeños y a la cola de niños que esperaban por sus caramelos. Todos los que se formaban tras ellos parecían ilusionados, felices y deseosos de poder comerse un dulce. Sin embargo, los dos niños que estaban frente a Miguel, no demostraban los mismos sentimientos, no parecía una noche de Halloween para ellos. Para ellos, esa noche era una noche más de terror en sus cortas vidas.

“Bien” dijo Miguel apartándolos de la cola. “No os voy a dar caramelos, por ahora. Sentaros aquí y os traigo algo mucho mejor, ¿vale?”

Les guiñó un ojo y se levantó para buscar con la mirada a su ayudante, que cada poco le proporcionaba más dulces. Lo localizo a unos pocos metros y le hizo una seña para que le relevase.

Miguel les dijo que los siguiesen. Los dos niños se miraron extrañados pero decidieron seguirle calle abajo. Entraron en una casa de comidas donde se sentaron los tres y Miguel les sonrió.

“Os invito a comer lo que queráis.”

Miguel hubiese pagado todo el dinero del mundo por ver cada día las miradas de asombro y alegría de esos dos niños. No había en el mundo nada más importante en ese momento para él que ver sus rostros radiantes de felicidad mientras comían con lágrimas en los ojos y escuchaba el sonido de sus risas.

Para él, la noche que más esperaba en todo el año cobró de repente un nuevo sentido y se prometió a si mismo que esa sería la última noche que esos niños vivirían las eternas noches de terror.

Martasky

 

 

 

 

 

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Eduquemos

Hace unos días escribí una historia que os dejó helados y que formaba parte de una historia que dejé en el tintero cuando tenía 14 años.

La historia de Carlos surgió después de estar años viendo la suerte que corrían los niños que viven en las calles de México. Hoy, 15 años después, esa historia ha recobrado toda su vitalidad e incluso se ha hecho más fuerte.

En México se abandonan a muchos niños. Cuando el niño no sabe o no pude decir quienes son sus padres, se le declara expósito y se le pone en adopción. Sin embargo, cuando se sabe quienes son sus padres la procuraduria de justicia debe buscarlos en un periodo de tres meses y mientras tanto, estos niños no pueden ser declarados expósitos y por lo tanto no pueden ser dados en adopción. Estos son los casos de niños que viven bajo el amparo del gobierno, sin embargo, existe un gran número de niños que viven en la calle sin un padre, madre o familiar que les cuide.

Solo en Jalisco, la Comisión Estatal de Derechos Humanos estima que existían 7 mil niños en el sistema de albergues en 2015. En otras palabras, cerca del 30% de los niños que se encuentran en casas hogares según el Inegi estarían en un solo estado.

La historia de Carlos puede ser la historia de muchos niños en todo el mundo, no sólo en México. Niños que han sido abandonados por sus padres o por familiares ante la imposibilidad de no poder atenderlos o simplemente porque no les quieren.

Todo niño en este mundo debería poder vivir con la tranquilidad y la seguridad que da una familia y por esa razón me llena de rabia saber que existen casos así. Por eso escribo sobre ellos, para que no quede en el olvido, para que creemos conciencia sobre un problema que afecta a la calidad de vida de muchas personas. Porque Carlos, María, Dieguito y cualquier niño merece ser tratado como una persona, con sentimientos, con sueños.

Hagamos más por quienes nos necesitan y dejemos de mirar cuando va a salir el siguiente modelo de iPhone. Hagamos algo para ayudar. Eduquemos a las siguientes generaciones en el respeto y en el amor, en la solidaridad, en que con algo que hagamos por los demás, si todos lo hacemos, será de mucha ayuda para todo el que lo necesite. Pero hagamoslo de verdad.

Martasky

 

 

 

 

El cielo

Sus ojos se abrieron y lo primero que vislumbró fue el alba que lo engullía un día más.

Se sacudió el polvo, miró a su alrededor y vio a su familia que todavía dormía. Junto a sus pies pasó corriendo una rata que había conseguido robar el trozo de pan que tenían para comer ese día.

Carlos miró al cielo, respiró hondo y se levantó del suelo sin hacer ruido observando a su alrededor. Alguien les había robado las láminas que les resguardaban un poco del frío de la noche. Se acercó al cubo de agua que tenían junto a la columna del puente bajo el que dormía y se lavó como buenamente pudo con el agua helada.

El tráfico de la ciudad empezaba como todas las mañanas su canción y a los pocos minutos su familia estaba en pie organizando la jornada.

Carlos tiene seis años y hoy le toca cubrir el mercado. Tiene una cajita con chicles y dos cajitas de malvaviscos recubiertos de chocolate. Hoy tiene que conseguir vender las dos cajitas para poder comprar el pan para su familia: una pequeña de 4 años y otro de 3. Ninguno son de la misma sangre, pero son una familia porque sobreviven juntos cada día.

María se siente en una esquina de una calle concurrida y suplica por monedas mientras baila y canta. Dieguito llora porque tiene hambre y está enfermo.

Carlos, juntos a otros niños de la calle se dirigen al mercado para empezar el día.

El cielo está despejado y el frío de la mañana le atraviesa la ropa raída. Se limpia la nariz con la manga de su chaqueta y comienza su rutina para sobrevivir.

“¿Me compra unos malvaviscos doñita? A dies pesitos, ándele, porfi. ¿Y unos chicles? El paquetito a peso ¡a peso doñita!”

Cientos de personas pasan a su lado sin apenas fijarse en él. Le empujan, le pisan los pies con sus zapatos rotos… Los que le miran lo hacen con pena o desaprobación. Le insultan porque no se aparta de sus caminos.

Se acerca el final del día, todavía es temprano pero no puede volver muy tarde a casa porque al caer la noche su vida y la de su familia corren peligro. Sale del mercado con una caja de chicles casi llena, con una entera de malvaviscos y con un hambre que casi le impide caminar. Se dispone a buscar a María y a Dieguito en la esquina donde los dejó esta mañana.

Cuando llega ve a dos hombres forcejeando con María y a Dieguito llorando desconsoladamente. La gente pasa a su lado y por miedo o por que son inhumanos, nadie hace nada. Carlos corre a ayudarles pero en el camino tropieza con un señor y cae de espaldas al suelo. Sus oídos le pitan por el golpe que se dio en la cabeza. Escucha el sonido sordo de un disparo, gira la cabeza y María esta tendida en el suelo llorando mientras sus lágrimas se mezclan con la sangre que se extiende por el suelo.

Carlos intenta levantarse pero no tiene fuerzas. Gira la cabeza y visualiza el cielo que se torna naranja con la luz del final del día. Cierra los ojos y sus lágrimas acarician su rostro mientras el lejano sonido de una ambulancia se mezcla con el frenético ruido de la ciudad.

Martasky

 

 

 

Pensar

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Pensar, sentir que todo se va. Miedo a andar, a seguir sin tropezar.
Busco bocanadas de aire en un torrente de aire fresco.

Vida nueva que espera lo que tu no sabes que será.
Solo puedes seguir, andar, dejar el miedo atrás. Pensar.

Pensar que todo saldrá mejor de lo que espero.
Un nuevo reto me envuelve como una brisa cálida en el alma.

Vida nueva que te trae inesperadas sorpresas.
Solo puedes sonreír, caminar, dejar el pasado. Pensar.

Pensar en lo bueno y comenzar a reír, queriendo más.
Encuentro mi camino y no me canso de luchar.

Vida nueva que te envuelve, que te embriaga de felicidad.
Solo puedes mirarte en el espejo, sacar la pañoleta y pensar.

Pensar que está es mi nueva vida y que nadie me va a juzgar.
El cáncer forma parte de ella y yo lucharé sin descansar.

Martasky

Hoy va por ellas

El espíritu del Bosque.

Después de ver la película de animación de Hayao Miyazaki, la Princesa Mononoke, fue cuando empecé a ver la naturaleza con otros ojos.

Ya me gustaban los bosques cuando era pequeña y cada vez que me adentraba en uno de ellos sentía que atravesaba la puerta a otra realidad, a otra dimensión. Entraba como Alicia a un mundo completamente diferente lleno de magia, misterios y una belleza imposible de describir con palabras. Sólo los que hemos podido ver los bosque con los ojos de los seres que habitan en él somos capaces de entender la maravillosa paz y tranquilidad que se respira en su interior.

Son los bosques nuestros pulmones y aún así, todavía hay gente que se empeña en destruirlos. Todavía hay gente que no siente lo que no se puede describir con palabras cuando te sumerges en ese mar de árboles que te trasladan al País de las Hadas, al País de los Kodamas.

Es gente sin corazón, con ansia de poder y que solo les mueve la codicia y la maldad y no entienden que con sus acciones están matándose poco a poco a ellos mismos. Porque sin los bosques no podremos respirar, porque el dinero que mueve toda esta destrucción no te otorgará el oxígeno que necesitas para vivir en tu mansión, en tu bloque de edificios o en tu urbanización.

Hoy me siento triste por ver como ha quedado reducido a cenizas el pulmón de Galicia y como el humo y el carbón ha acabado con la vida de tantos que día a día vivían en paz en los bosques. Como 4 personas han perdido su vida siendo testigos de la maldad del ser humano.

Queremos justicia. Queremos a los responsables en la cárcel pagando por el atentado que han cometido en el Bosque.

Hoy comparto con vosotros unas palabras que escribí cuando las Fragas do Eume fueron destruídas por la insensibilidad del ser humano:

Con lágrimas secas llora el corazón ardiente.

Lágrimas que no apagan el fuego devastador de nuestras almas ahora chamuscadas.
Miles de imágenes recorren ahora sus mentes mientras las llamas devoran cada rincón de su memoria.

El frescor del río no logra calmar la tórrida tierra que va destruyendo vidas a su alrededor.

Los árboles lloran, mueren, se derrumban ante tal guerra perdida. El fuego les consume, les convierte en fantasmagóricos trozos de carbón llameante que caen al suelo sin poder evitar llevarse con su caída a sus compañeros y amigos que desesperados huyen sin poder escapar a la devastadora y furiosa llama infernal. Y su cómplice el viento no es capaz de dar sosiego a las miles y miles de vidas que se pierden en el fuego.

Y llega la noche y se puede escuchar a lo lejos los llantos del bosque. Luces infernales iluminan de rojo el cielo, tiñendo de sangre su matanza cruel.

El espíritu del bosque grita de dolor al contemplar como sus vástagos mueren ahogados entre humos y cenizas.

Los bosques mueren sin poder luchar. Se apaga su alma, arde su corazón.

Martasky

 

Mi vida

No tengo la responsabilidad de ser como los demás esperan que sea. Es su error, no mi defecto. – Richard P. Feynman

 

Hoy estaba leyendo y me encontré de sopetón con esta frase de Feynman y fue como una bofetada de realidad.

Llevo unos días pensando en lo difícil que resulta encontrar el equilibrio entre ser feliz y hacer feliz a los que te rodean. Muchas veces la felicidad de quienes te rodean se basa en lo que ellos esperan de ti y creen que esa forma de ser que ellos creen que eres te hace feliz y por no decepcionarles dejas tu felicidad a un lado para verlos a ellos felices…

(¿Me seguís o os habéis perdido como yo?)

Entonces, ¿cómo consigues ser feliz y que los que te rodean sean felices también? ¿es acaso algo imposible conseguir ese equilibrio?

Dicen que para hacer feliz a los demás tienes que hallar primero la felicidad en tu interior pero ¿cómo encontrarla? ¿dónde está? Por más que la busco en mi interior sólo encuentro miedos, miedo a fallarles, a decepcionarles, a no ser quién ellos esperan que sea. ¿Tan difícil sería hacerles ver que mi felicidad no debería depender de lo que ellos esperan de mí? ¿Tan complicado resulta de entender que yo quiera una cosa distinta a la que ellos quieran para mi y qué no por ello estoy equivocada.

¿Me entendéis? Porque yo llevo días sin entenderme.

“Your time is limited. Don’t waste it living someone else’s life.” Steve Jobs

Martasky

Amor

¿Qué es para ti el amor?

Para mi el amor eres tú.

Para mi el amor es el aire que compartimos.

Para mi el amor son las miradas que nos dedicamos.

Para mi el amor son las caricias de tus manos.

Para mi el amor es tu apoyo.

Para mi el amor es tu risa.

Para mi el amor es verte dormir.

Para mi el amor es pasear a tu lado.

Para mi el amor es luchar juntos.

Para mi el amor es compartir cada pensamiento contigo.

Para mi el amor es aceptarte como eres.

Para mi el amor es…

 

Cuando la tierra tembló.

Ha pasado una semana y dos días desde el fuerte terremoto del 19 de septiembre.

Hace solo unas semanas antes os contaba en mi entrada Prioridades lo que había sentido en el terremoto del día 7 y que fue uno de los más fuertes del siglo. Si, fue fuerte, pero fue más lejos y aunque se movió la tierra no sentí el miedo que se apoderó de mi el día 19 de la semana pasada.

Os hablo de esto porque en Prioridades os dije que entre mis elecciones ante una situación así, estaba la de coger a mis gatas y bajar a ponernos a salvo. Ese día no me dio tiempo a agarrarlas porque casi no era capaz de mantenerme en pie. Todavía hoy me preguntó como conseguí abrir la puerta y bajar por las escaleras. Todavía hoy me preguntó que hubiese pasado si el edificio hubiese colapsado conmigo dentro o hubiese caído tras mi espalda.

A una semana y dos días del terremoto que ha destruido tantas vidas, tantas casas, tantas ilusiones, todavía me cuesta hacerme a la idea de que la tierra no se está moviendo bajo mis pies, de que la alarma que suena de fondo no es la alerta sísmica,  de que el golpe de un muebles cayéndose en el piso de arriba no es el edificio moviéndose.

No puedo describiros con palabras el sentimiento que se ha apoderado de mi desde ese día. No soy capaz de explicar porqué me ha afectado tanto si estoy aquí escribiéndoos esto y mi vida no se ha apagado como la de tantos otros. No puedo deciros qué tan grande es mi miedo a volver a experimentar algo así, porque no llegaríais a comprenderlo, porque algo así hay que vivirlo y no deseo que nunca nadie de vosotros viva algo así.

Todos los días me voy a la cama y mi mente viaja hasta los edificios donde vivía gente cumpliendo sueños, donde reflejaban en cada fotografía sus vidas llenas de amor, de logros, de sueños por cumplir y que fueron aplastados por un amasijo de hierros y hormigón.

Todo esto me hace reflexionar sobre lo frágiles que somos y sobre lo poco que valoramos a veces todo lo que tenemos. Vivimos en un planeta que se sacude por dentro y nos recuerda cada día que estamos aquí para vivir cada día como si fuese el último.

Hemos construido una sociedad que le da más importancia a lo material y que con el paso del tiempo le ha otorgado el poder al dinero para hacernos creer que cuanto más dinero tengamos más felices vamos a ser.

Estos días México ha demostrado que puede salir adelante gracias a la lucha de un pueblo unido, gracias al esfuerzo, a la solidaridad y a el amor. Hemos leído de todo en los periódicos, hemos visto a los “millennials”, que creíamos que eran la generación perdida, desvivirse por ayudar a completos desconocidos, gente que ha puesto sus casas, sus negocios, sus recursos para ayudar a los que en este momento más lo necesitan. Y eso, es lo que hace que seamos realmente ricos, no el dinero. De qué nos sirve tener tanto dinero si un día un movimiento de la tierra nos va a quitar los mas importante: la vida.

Hoy os hablo de esto porque como ya os dije una vez, yo necesito hablar, expresarme y reflexionar abiertamente sobre todo lo que me pasa por la mente.

Hoy dedico esto a todos los que han perdido sus vidas el día en que la tierra tembló.

#FUERZAMEXICO

Martasky

Volar

En la vida todos debemos aprender a llegar a nuestras metas paso a paso.

Visualizamos la meta y poco a poco vamos alzando el vuelo. 

Muchas veces nos caeremos pero debemos volver a levantarnos, sacudirnos el polvo y volver a despegar. 

A veces para llegar debemos desviarnos del camino y buscar opciones que nos permitan llegar a nuestro destino aunque para ello debamos demorarnos un poco más, pero el objetivo debe estar siempre ahí y debemos seguir batiendo nuestras alas.

Muchas veces se cruzarán en nuestro camino críticas, dudas, miedos y ganas de tirar la toalla, pero debemos sacudirnos todo aquello que nos impide alzar el vuelo.

Vuela, vuela con tus sueños como motor y tú como el piloto que te lleve a ellos.

No dejes nunca de volar. 

Martasky 

Rescatando a Imaginación

Cerró los ojos y los volvió a abrir.

El paisaje era desolador. Todo lo que su vista alcanzaba a ver era un manto de tierra seca con pequeñas nubes de polvo que se movían todas en una misma dirección.

No había ruido y el cielo era gris.

Se giró sobre sus pies y a sus espaldas el panorama no era mucho mejor.

A lo lejos, un enorme roble reinaba en todo el lugar. Antaño debió ser el árbol más frondoso y bello. Medía alrededor de 30 metros y estaba seco, aunque todavía colgaban de sus ramas hojas que no hacía mucho que debían estar llenas de vida. Casi cerca de lo que fue la copa, había un enorme agujero que debía llegar a las entrañas del roble.

¿Qué había pasado?

Caminó unos metros y un cuervo negro como la noche pasó volando rozando su cabeza. Gritó por el susto pero su grito quedó ahogado en el sepulcral silencio del lugar.

Observó al cuervo posarse en el árbol muerto y lo vio graznar, aunque siguió sin escuchar nada. Este la observaba fijamente mientras batía sus alas en señal de advertencia.

No se escuchaba ningún ruido. Intentó pisar fuerte el suelo para ahuyentar al cuervo, pero sus pies no emitían ruido alguno. Gritó pero de su garganta no salió ni una sola nota audible.

El pájaro dio unos saltitos sobre la rama seca del roble y se introdujo en el hueco que se abría en el árbol.

Perpleja, se quedó un momento observando cautelosamente el lugar donde había desaparecido el animal.

Sintió unos golpecitos en el tobillo y bajó la mirada para quedarse aterrorizada con lo que sus ojos le estaban mostrando.

El esqueleto de un animal muerto, que podría haber sido un mono en su tiempo, le tiraba del pantalón, intentando arrastrarla hacia el árbol.

Se alejó un poco y observó como el animal escribía en la tierra seca: ¿No sientes curiosidad?

Si, sentía una enorme curiosidad pero le daba miedo el paisaje, el árbol seco, el cuervo y el silencio.

El tétrico animal se acercó de nuevo y comenzó a darle pequeños golpes con la cabeza para empujarla poco a poco al roble.

Era enorme e imponente y le causaba una angustia indescriptible el tenerlo junto a ella tan muerto y sabiendo lo que había en su interior.

Miró al animal y vio como escribía de nuevo en el suelo: ¿a qué le tienes tanto miedo? ¿realmente sabes lo que hay en su interior?

Cogió una enorme bocanada de aire y dedicándole una ultima mirada al esqueleto, se dispuso a escalar el roble.

No podía mirar hacía abajo porque le daba miedo caerse y no miraba hacía arriba por miedo a encontrarse con un nido de cuervos dispuestos a arrancarle los ojos, así que escalaba el árbol mirando la vetas del árbol y en las que en ocasiones descubría pequeños hierbajos, todavía vivos en su interior.

Por fin alcanzó la entrada del agujero. Una leve brisa sopló en su rostro y se asomó para ver si el cuervo estaba en su interior. No vio nada, solo una pequeña luz al fondo introdujo la cabeza en hueco del árbol y sus oídos fueron testigos de un sin fin de sonidos que provenían de la parte más profunda del orificio.

Se deslizó levemente por el agujero pero de repente comenzó a bajar a toda velocidad. Cerró los ojos.

Un fuerte golpe le avisó que había llegado al final del túnel.

Abrió los ojos y lo que vio la dejo boquiabierta.

Un hermoso unicornio estaba atado por las cuatro patas, con los ojos vendados y un bozal en su boca.

Junto al unicornio se encontraba el enorme cuervo negro dando saltos alrededor del unicornio.

Observó el interior del hueco en busca de un arma para poder liberar al animal de las cuerdas que le impedían moverse.

El cuervo graznó y el agujero se estremeció bajo sus pies. Descubrió que si con el sonido del cuervo todo el hueco del árbol se movía, si ella gritaba, quizás conseguiría ahuyentarlo.

Abrió la boca para gritar con todos sus pulmones y el sonido de un relincho se escapó de su boca.

Una grieta se abrió en la pared del agujero y por él se introdujo el pequeño esqueleto que le había ayudado antes.

El cuervo graznó de rabia y comenzó a batir sus alas. El pequeño y lúgubre animal se enzarzó en una lucha con el cuervo.

Aprovechando la distracción del carcelero, corrió hacía el unicornio y le liberó de las mordazas, el bozal y la venda.

Un destello iluminó todo el hueco.

Cerró los ojos y los volvió a abrir.

El paisaje era de ensueño. Un campo verde con un cielo azul cubierto por pequeñas nubes blancas que paseaban dando luces y sobras, cubría por completo su vista.

A su espalda, un enorme y frondoso roble daba sombra a un unicornio blanco que hacía cabriolas con un pequeño conejo. Flores, mariposas, pequeños pájaros jugando entre ellos.

A lo lejos, en una solitaria roca que se alzaba entre la pradera, el cuervo observaba. Lanzó un picotazo al aire mientras alzaba el vuelo y se perdió de vista.

Cerró los ojos, inhaló el aire puro del campo y volvió a abrirlos para descubrir que había venido a rescatar a su imaginación.

Martasky.