Me encontraba perdida en aquella pequeña plaza, lo cierto es que llevaba ya más de dos horas buscando aquel lugar…Cuando le pregunté a aquel extraño hombre solo supo decirme:

“Tiene usted que llegar a la plaza de la Independencia, jovencita”.

Bien, ya estaba en la plaza y ahora qué? La dirección ponía: “Calle Espíritu Joven, la ultima casa de la derecha”. Sólo había dos calles mas alrededor, pero ninguna se llamaba espíritu joven.

Me acerque a un panel en el centro de la plaza. Una de las dos calles se llamaba “Tic Tac”, la otra “Recto hasta el amanecer”. No había ninguna otra calle cerca que se llamase Espíritu Joven…

“Vaya” pensé, ” Me va a costar mucho independizarme si no soy capaz de encontrar una maldita calle!”

Por lógica y por instinto decidí adentrarme en “Recto hasta el amanecer”. Era una calle preciosa, llena de vida. Había un pequeño establecimiento llamado “Campanilla”; una guardería llena de niños corriendo y jugando. Todas las casas de la calle tenían nombres tan extravagantemente extraordinarios que me sentí invadida por una especie de gozo infantil, como si acabase de entrar en un cuento de hadas.
En los balcones reinaban flores de diferentes colores que le daban a la calle un distintivo aroma, la risa de los niños que correteaban por la acera era realmente contagiosa…

A mi derecha descubrí un pequeño callejón que subía, con una tramo de escaleritas y macetas decorando la escalada, miré la placa para saber el nombre de la calle: “Espíritu Joven”

¡Bien! Había llegado.

Subí las escaleras, no sabía el número de la casa, sólo sabía que era la última a la derecha.

El ascenso por las escaleras me enorgullecía cada vez más, por fin había conseguido encontrar la calle y al llegar a la última casa de la derecha quedé sorprendida.

Una humilde casita de cuento reinaba en aquel hermoso lugar. Una hermosa enredadera se entretejía por un arco haciendo que las flores cayeran desordenadamente sobre la cabeza.Un montón de abejas zumbaban recogiendo polen, como hadas en un jardín encantado. Pero su jardincito no fue lo que mas me llamo la atención.

La casita, de madera y piedra, tenía una puerta principal blanquecina y de madera con un ojo de buey que parecía invitarte a entrar con un guiño. El picaporte, era infantil y gracioso y en la pared, justo al lado derecho de la puerta unas letras que rezaban: “Bienvenido a Nunca Jamás”.

Martasky (2009) (editado 2017)

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