La luz del sol entraba por la ventana y acariciaba su piel. A lo lejos unas ramas bailaban con el viento mientras un brisa extrañamente cálida se colaba por la ventana.
Nunca le había gustado el invierno. Era triste, frío y melancólico. Este año estaba siendo muy diferente, era casi primaveral. Algunos arboles empezaban ya a florecer y la luz atípica iluminaba el ambiente.

Se respiraba un algo diferente. ¿Qué podía ser?

Se incorporó en la cama dejando que ahora el sol alcanzase su rostro y por la ventana pudo ver a un ser que trepaba con esfuerzo las ramitas del árbol que estaba justo enfrente.

Parpadeo dos veces y se acerco corriendo a la ventana. ¿Que era eso? ¿Un duende? ¿una hada?
Volvió a parpadear por si su vista le estaba jugando una broma, pero alli seguía intentando cogerse a una ramita mientras desenganchaba su ropa raída que había sido atrapada por una astilla.

Salió corriendo de la habitación y bajo las escaleras para salir al jardín.

Oh! Era un ser mágico y semi transparente pero parecía debil y cansado.

¿Necesitas ayuda?-preguntó.

El ser se asusto y llevo una de sus pequeñas garras al pecho donde se podía apreciar como se movía a gran velocidad. Por una fracción de segundo se miraron y el ser intentó desaparecer… lo intentó porque chasqueo los dedos repetidas veces y nada ocurrió.

Resignado al verse débil y descubierto, entonó unas palabras con una voz chillona que hacía sangrar los oídos.

“Soy el espíritu de la Navidad. He llegado hasta aquí arrastrandome y sólo pido que me ayudes a llegar hasta la punta más alta de este árbol para poder morir en paz.”

¿Morir?- se extraño- ¿Por qué quieres morir?

“No seas ingenua, tu y yo sabemos que por este año ya se acabó. Mi tiempo se agota y sino me ayudas quedaré aquí atrapado y no podré volver el año que viene”

Pero si mueres ¿como vas a volver?- preguntó la chica con los ojos como platos y aterrada ante la idea de ayudarle a morir.

“¿Acaso no vuelvo todas las navidades?” – preguntó el duendecillo.

Pero ¿cómo? Si mueres, ¿cómo puedes volver todos los años? – quiso saber ella cada vez más intrigada.

El duendecillo puso los ojos en blanco, como si aquella conversación la hubiese repetido ya un millón de veces y acto seguido gritó:

“¡MAGIA NIÑA!”

¿Magia?

“Si, magia. Es la magia de la Navidad. Cada año cuando se acercan estas fechas renazco de entre las risas, los corazones vibrantes de ilusión y la esperanza de conseguir que tus más profundos sueños se hagan realidad el próximo año. Cuando acaba la Navidad muero, al igual que todos los buenos propósitos.”

No podía ser, no podía creer que muriese así, sin más.

No es posible- dijo ella atemorizada. Yo no deseo que mueras. Si es verdad lo que dices y estas aquí por todo eso que las personas sentimos durante estas fechas, yo no quiero que mueras. Quiero que vivas y traigas contigo todos los días esos bellos sentimientos, que esas esperanzas de cumplir sueños se hagan realidad, que mi corazón vibre cada día de ilusión y emoción y que cada año al llegar estas fechas, seas todavía más significativo, más real y que cobre más sentido todo lo que en esta vida queremos, que es vivirla y sentirla con todo nuestro corazón.

La ropa del duendecillo cambió de repente. Su atuendo andrajoso se tornó en un trajecito brillante, pulcro y sin ningún hilo fuera de su sitio. Su mirada triste y dura se volvió brillante y llena de vida aunque aun se podía observar en ella un asomo de nostalgia.

“Oh, niña. Ojalá todo pudiese ser así. Yo formo parte de ti y es solo tuyo el trabajo de mantenerme con vida todo el año. Yo no soy más que un producto de tu alma y que asoma la cabecita cada invierno para recordarte todo aquello que quieres y deseas cumplir.”

Con un salto digno de un gran felino, trepó a lo más alto del árbol y junto a un chasquido de dedos desapareció.

Con un respingo parpadeo un par de veces. Estaba de nuevo en la habitación, tumbada en la cama. Fuera estaba nublado, pero un rayo de sol se abría paso entre las nubes e iluminaba aquel árbol solitario del jardín.

Sonrió… Solo faltaban unas horas para que el año llegase a su fin. Un fin que abría la puerta a un nuevo comienzo. Ahora sabía lo que tenía que hacer. Mantener vivo ese espíritu y que así cada año en lugar de tener un fin, fuese siempre una continuación de la lucha día a día por cumplir y ver florecer cada uno de sus sueños.

Gracias invierno inusual.

Martasky

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